RECUERDOS DEL PASADO
Carretera vecinal CV -204
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Hay instantes que se
graban a fuego en la memoria, mientras que otros, por alguna razón
incomprensible, quedan sepultados bajo capas de olvido, hasta que una grieta del
destino los devuelve a la luz. A veces son recuerdos de júbilo; otras, de puro
pavor. El suceso que aguarda en estas líneas comenzó con una extrañeza
silenciosa, devino en un temor reverente y culminó en un enigma que todavía hoy
desafía toda lógica.
Cuando alguien relata un encuentro con lo inexplicable —una luz anómala, una
sombra imposible sobre el manto nocturno—, la incredulidad es la respuesta más
cómoda. Es fácil buscar el refugio del escepticismo cuando la historia
pertenece a otro. Sin embargo, cuando la experiencia te atrapa en propia carne
y compartes el aliento contenido con quien viaja a tu lado, la certeza aplasta
cualquier duda. No hay teoría racional que sirva de consuelo cuando lo imposible
se posiciona a escasos metros de tu ventana.
CONTACTO. La persecución en la CV-204
Serian sobre las once de la noche. Tras la calma de una tarde en Daroca,
Bienvenida y Javier emprendieron el regreso a Used, pueblo natal de Bienvenida. Los
separaban apenas veintiún kilómetros de trayecto a bordo de su pequeño SEAT
600, un vehículo modesto que con sus luces, cortaba la penumbra de la comarca.
Used descansa a mil cincuenta metros de altitud aproximadamente, en las faldas del cerro o
pico de Berrocal, arrullado por las sombras de la sierra de Santa Cruz y la
cercanía de la milenaria laguna de Gallocanta. El cielo de aquella noche se
desplegaba limpio, glacial y cuajado de estrellas. Nada presagiaba que la
rutina del viaje estuviera a punto de romperse.
Avanzaban a ritmo constante por la A-211, Daroca- Molina de Aragón. Coronaron el puerto de Santed y,
tras dejar atrás el descenso, viraron a la derecha para tomar la CV-204, la
carretera vecinal que los conduciría a casa. Faltaban únicamente ocho
kilómetros. La vía comenzaba con una recta hipnótica de dos kilómetros que
desembocaba en una leve curva hacia la izquierda, justo donde nace el desvío
hacia la pequeña población de Balconchan.
Fue en ese preciso instante cuando el universo conocido se fracturó.
A la izquierda de Javier, sobre el horizonte de la noche, emergió un lejano
bermellón. Al principio, un tenue punto rojo entre las constelaciones; en
cuestión de segundos, una presencia que crecía a una velocidad desconcertante.
Pensaron en la silueta distante de un helicóptero, pero la ilusión duró poco.
Ante la mirada atónita de los dos jóvenes, la luz se materializó en una esfera
del tamaño del propio automóvil, desprendiendo un fulgor rojo anaranjado que no
proyectaba sombras terrenales.
Se colocó en paralelo al vehículo. A tan solo cien metros. Apenas a diez metros
sobre el firme de los campos.
Un escalofrío recorrió el habitáculo del SEAT 600. Javier pisó el freno. El
motor continuó ronroneando en la penumbra mientras la pareja, paralizada dentro
del habitáculo, observaba el fenómeno sin atreverse siquiera a abrir la puerta.
La esfera suspendida en el aire parecía observarlos a su vez.
Con las manos firmes al volante y el corazón desbocado, reanudaron la marcha
muy despacio. La respuesta del objeto fue inmediata: la bola de fuego se
desplazó al unísono, escoltándolos en un silencio absoluto, manteniendo la
distancia de cien metros como si
estuviera atada al coche por un invisible hilo de acero.
Javier volvió a detener la marcha. La esfera se detuvo en el acto. Aquella luz
no obedecía a las leyes de la física conocida; poseía una voluntad, una
conciencia inquietante.
Dominados por el afán de poner fin a la pesadilla, aceleraron. El velocímetro
marcó los ochenta kilómetros por hora, pero no hubo distancia que valiera: la
esfera volaba a su par, imperturbable, devorando la distancia en una danza
siniestra y perfecta.
Así recorrieron varios kilómetros en una tensión insoportable, hasta divisar
el paraje conocido como Los Chaparrales, muy cerca ya de Used. Justo antes de cruzar ese tramo, la
esfera interrumpió su escolta. Sin emitir un solo sonido, inició un ascenso
vertical prodigioso, disparándose hacia el cenit hasta disolverse entre las
estrellas en cuestión de segundos.
Pocos minutos después, el SEAT 600 entraba en las calles desiertas de Used. No
hubo fallos en el motor, ni destellos cegadores, ni marcas en la carrocería.
Solo dos jóvenes que entraron en su casa, cerraron la puerta y se entregaron al
descanso.
DES-CONTACTO . -La sombra sobre la memoria-.
Lo verdaderamente perturbador no ocurrió aquella noche en la CV-204, sino en los
años venideros.
Al día siguiente, el sol volvió a salir sobre el altiplano de Used, pero el
avistamiento había desaparecido. Pasaron los días, los meses y los años.
Bienvenida y Javier continuaron con sus vidas, se casaron y compartieron miles
de conversaciones, pero jamás volvieron a mencionar la esfera roja. No hubo
pactos de silencio ni temores confesados: sencillamente, el evento había sido
extirpado de sus mentes con precisión quirúrgica.
Tuvieron que transcurrir casi dos décadas para que el velo se rasgara. Ocurrió
a finales de los noventa, durante una cena informal con amigos del pueblo.
Alguien lanzó al aire una anécdota sobre ovnis y, en ese instante, el cerrojo
de la memoria saltó por los aires. Los recuerdos sepultados emergieron con la
claridad del primer día: la claridad de la noche, el traqueteo del SEAT 600, la
carretera solitaria y la bola de fuego flanqueando su camino.
Ambos se miraron, atónitos, comprendiendo en ese segundo el abismo del enigma.
Habían vivido una experiencia formidable entre 1976 y 1981 —un sábado de verano
cuya fecha exacta jamás lograron reconstruir— y, durante veinte años
aproximadamente, no supieron que la
llevaban dentro.
¿Qué ocurrió realmente en esos kilómetros de soledad? ¿Qué clase de presencia
escoltó su viaje y por qué el olvido los protegió —o los aisló— durante tanto
tiempo? Son preguntas que flotan en el aire de la sierra de Santa Cruz, tan
insondables como el brillo rojo que una vez desafió las leyes de la noche.
PD. Todavía, después de
transcurridos cincuenta años, seguimos
recordando aquel suceso, y el "espacio en blanco temporal", que surgió tras el
“incidente”. Algún día en nuestro regreso, de vuelta al más allá, el Ser
Supremo, nos revelará , el porqué de las dos fases, -el contacto y el olvido-,
pero ya no lograremos comunicar con vosotros, de todas formas -os esperaremos en ese espacio de tiempo
espiritual -, hasta que, los que habéis leído este “encuentro”, os reunáis con nosotros a descifrar este enigma, todo ello en el
espacio infinito de los tiempos, será allí,
donde esa bola de color rojo anaranjado, nos estará esperando.
Bienvenida Gómez.
Y
Francisco Javier Murillo. MMXXVI.


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